Carta del Parroco – 12 de Marzo 2017

frmnicks_mug_smallMientras que entramos en la tercera parte del Vaticano su enseñanza en la liturgia nos invita a mirar fuera de la Misa misma a los Sacramentos y sacramentales que fluyen de ella. Quizá la cosa más importante que podemos considerar mientras que entramos en este capitulo es la diferencia entre un Sacramento y un sacramental. Por la brevedad, solamente consideraremos los Sacreamentos en general hoy. Como todos los sabemos hay siete sacramentos: Bautismo, Confirmación, Eucaristia, Reconciliación, Unción de los enfermos, Matrimonio y Ordenes Santas. Estas son las herramientas o instrumentos que Jesucristo encomendó a su Iglesia para atraer las almas al cielo.

Entonces, estos son los primeros dos aspectos de cada Sacramento. Primero que nada y ante todo, fueron hechos por Jesucristo. Nosotros no podemos hacer un Sacramento. Ellos trabajan, no por su valor simbólico, sino porque Dios-hombre lo dijo asi. En Segundo lugar, tienen un propósito primario, ayudar a traer almas al cielo. Entonces el origen y final de los Sacramentos es Dios.

Aparte de tener su origen y final en Dios, cada sacramento está comprendido en dos aspectos: forma y materia. La materia es algo concreto y tangible—por ejemplo, el derramar agua en el bautismo. La materia es el agua del sacramento. Aunque el agua es solo agua hasta que algo más es añadido. Llamamos a este elemento adicional la “forma” de un Sacramento.

La forma es primeramente las palabras que son usadas para conferir el Sacramento. En el caso del Bautismo, Cristo mismo supple las palabras como escuchamos al final del Evangelio de Mateo: “Vayan y hagan discipulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre del Hijo y del Espiritu Santo.” Es el derramamiento del agua con estas palabras que distingue un Bautismo de un baño. Cuando la apropiada forma y materia están presentes, cada sacramento infaliblemente causa un efecto supernatural en las almas de aquellos que lo reciben. Por ejemplo, el Bautismo imparte el perdón del pecado original y todos los pecados personales; nos otorga la morada del Espiritu Santo con todo lo que viene con su presencia en nosotros.

Una verdad sorprendente acerca de un sacramento es que la persona impartiendo el sacramento ni siquiera tiene que creer en el necesariamente para que pueda trabajar. En una emergencia, por ejemplo, una enfermera atea puede exitosamente bautizar a un bebé premature en peligro de muerte. El bautismo es válido, porque el origen y el final de un sacramento es Dios. Es su trabajo, no el nuestro. Entonces, cada uno de los sacramentos es siempre la liturgia—el trabajo de Dios.

En Cristo,

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Padre Nicks

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